LA VIAJERA
La nieve no
dejaba de caer. El cielo se había desplomado sobre la montaña, oscuro como las
fauces de un lobo. La vieja y destartalada casa estaba empezando a desaparecer
entre la nieve, la tormenta llevaba dos días golpeando la Sierra como si
quisiera vaciarse en ella. Como si tuviera voluntad de sepultar aquel lugar
para que nadie supiera jamás que había existido. La chimenea, sin embargo, aún
humeaba. Frente al fuego, una anciana removía un puchero al son de viejas
canciones. No era la primera nevada que había visto caer, tal vez sería la
última pero a esas alturas no sentía miedo. Cuando una pasa de cierta edad la
idea de morirse no parece tan horrible. Ella además ya había vivido todo lo que
tenía que vivir en sus noventa y dos años de vida. No pesaba enfrentar el fin
con histeria. Quería morir como había vivido: con dignidad.
El viento se
hizo insoportable. Era como si dioses enfurecidos soplaran airados sobre las
montañas. La lumbre se avivó y las cenizas volaron en remolino. Arropados por
el sonido del viento, sonaron varios golpes fuertes: “Pom Pom Pom” la anciana
caminó despacio hacia la puerta. En el quicio había una extraña viajera,
cubierta por una andrajosa capa oscura, en una de sus manos llevaba un cayado de
madera de roble, nudoso y carcomido por los años. La anciana se quedó mirando
unos segundos a tan extraña visita. La viajera debía ser tan vieja como ella.
Los cabellos blancos, recogidos, eran níveos y finos, como hilos. Las arrugas
de su rostro eran surcos en una piel casi transparente. Y en los ojos, de un
gris apagado, parecían verse mil vidas vividas y terminadas.
-¿Tendría usted a bien
invitarme a sentarme junto a su lumbre? Nieva demasiado y me temo que me es
imposible continuar mi viaje. No he visto más luces que las de esta casa. Si
usted fuera hospitalaria con otra pobre anciana perdida. –La mirada de la
viajera era tranquila, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. La
anciana de la casa sonrió y la condujo frente a la chimenea. –No se encuentran
por aquí demasiadas personas confiadas. –Dijo al tiempo que se dejaba caer en
una modesta silla de enea.
-Bueno, eso será porque rara
vez aparecen por aquí viajeros y menos aún en medio de una tormenta de nieve.
–Contestó la anciana sonriendo y dejando ver los escasos dientes que le quedaban.
–Perdone usted por la silla. Pero pese a que he pasado la vida trabajando, nunca
he conseguido tener lujos, tampoco me importa, la verdad. A esta edad una se da
cuenta de que los lujos no sirven de mucho. Todo lo que se tiene, se queda aquí
cuando una se va para desaparecer bajo una capa de polvo. –La anciana siguió
removiendo el puchero mientras recordaba tiempos de fatigas y hambre. Al menos
ahora no faltaba algo para comer.
-Sé de lo que me habla. Pasan
los años y el cuerpo cada vez aguanta menos. Yo también he trabajado mucho y
mis únicas pertenencias son este cayado que me acompaña siempre y mi raída
capa. Estoy cansada de caminar y sin embargo no puedo parar –La viajera hizo
una breve pausa -¿Tiene usted hermanas? Yo tengo tres, ellas tuvieron más
suerte. Un trabajo más grato que el mío, sólo desenredan hilos y vigilan para
que no se enreden, velan por ellos: una hila, la otra mide y la última corta.
Sin embargo, yo he visto cosas que ellas jamás podrán ver. Y aunque algunas de
esas escenas son terribles y harían que el corazón más aguerrido temblara de
dolor, también he visto escenas hermosas, tan hermosas que a veces cierro los
ojos y las revivo para sentirme en paz. Y es curioso porque aunque sea una
vagabunda errante siempre tengo la sensación de que hay quienes me esperan. –La
viajera miró a la anciana que seguía removiendo su puchero y sonreía. Era
extraño, dos viejas tan diferentes, pero tan parecidas. La anciana de la casa
también había visto escenas terribles y otras hermosas. Había pasado la vida
trabajando como jornalera y partera. Había visto el sufrimiento del trabajo de
sol a sol, de las manos encalladas y la espalda encorvada con sólo cuarenta
años. La ingratitud de un señor que pagaba a golpes y a limosna. El dolor de
los estómagos vacíos y los cuerpos famélicos. También había podido contemplar
la dicha de ver nacer un hijo y la desgracia de perder todo cuanto se tiene en
la vida por un mal parto. Y sabía con certeza absoluta que hay dos momentos,
sólo dos, que igualan a ricos y a pobres: el nacimiento y la muerte. Miraba a
aquella extraña y le parecía haber estado conviviendo con ella durante una
eternidad.
-¿Quiere usted comer? –Preguntó
la anciana mientras buscaba dos cuencos para la cena.
-No se moleste, no suelo cenar.
Me gusta ir ligera, a veces el peso que llevo en mis cansados huesos es
suficiente para mí. –Sonrió. –Pero coma usted, disfrute de su cena y no se
preocupe por mí. Es un placer encontrar a alguien tan amable con quien hablar
en medio de un gran temporal. –La viajera dejó su bastón apoyado en la pared.
La anciana lo contempló: era viejo, pero hermoso. Los nudos le daban un aspecto
robusto y pese a su humildad daba la sensación de ser poderoso, como una espada
del más noble de los metales.
La anciana
comió despacio, saboreando cada bocado. Miró su hogar, aquellas viejas paredes
en las que tantas cosas había vivido, cada piedra podía contar una historia, a
veces triste, a veces amarga, a veces feliz. La viajera parecía saber qué
estaba pensando, pues ella también repasaba las paredes de la vieja casa. Y si
no hubiera sido imposible la anciana hubiera creído que conocía, tan bien como
ella, las historias que encerraba cada rincón de aquel lugar.
Cuando terminó de comer, dejó el cuenco en el suelo
y se puso en pie. Miró a la viajera durante un largo minuto y luego caminó
despacio por su casa. Desapareció un instante y volvió con algo entre sus
manos. Era una pequeña caja. En ella había unos pendientes y un viejo pañuelo.
La anciana se los puso despacio, mientras tarareaba una antigua canción, la
misma que repetía cada día:
“Cuando yo venga a buscarte / quiero encontrarte
despierta, / para saber que me esperas / tras el quicio de tu puerta”.
Una vez estuvo lista, se volvió a la viajera.
-Estoy preparada, podemos irnos cuando quieras.
–Sonrió de nuevo.
Se miraron y le devolvió una cálida sonrisa. Se
levantó y cogió su viejo bastón.
-¿No tienes miedo? –Preguntó.
-¿De qué? Es hora de que tu hermana corte el hilo de
mi vida. Lo que me daría miedo es que no hubiera nadie para cortarlo. Ahora,
vámonos. No es bueno hacer esperar a los muertos. -De la caja sacó una foto
descolorida y la apretó con fuerza sobre su pecho. La viajera se acercó
despacio y la tomó de la mano.
La nieve dejó de caer dos días después. A la anciana
la encontraron en su casa, sentada frente a la lumbre apagada, con una vieja
foto entre las manos. Los que llegaron primero dicen que sonreía, como si
llevara tiempo esperando que la muerte fuera a visitarla.
A mi abuela, porque no pude despedirme.
A las “Coplas a la muerte de mi padre”, por
inspirarme esta historia
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